El Madrid saca beneficio del desorden y, como el mundo tiende inexorablemente al caos, el Madrid tiende a ganar. Al Valencia le sucede justo al contrario. Ya sea por inspiración de su entrenador o inclinación natural, disfruta del orden y le incomoda el revuelo, el desenfreno, esos torbellinos que se desatan en el Bernabéu y que ayer elevaron a un Madrid que terminó con nueve jugadores, empapado de proeza y alegría.
Comprobamos lo expuesto en las dos partes que distingue el gol de Van Nistelrooy. En la primera el Valencia mantuvo la compostura, que es el dibujo. En ese tramo le bastó con imponer su organización y tramitar el papeleo, impecable el nudo de la corbata y la raya del pantalón. Y contra ese edificio, sólido como un ministerio, chocó el Madrid, con graves problemas para inventar fútbol frente a equipos replegados, un viejo problema.
Por decisión táctica o exilio voluntario, Guti se adelantó en exceso y se alejó de la zona de creación, donde Diarra quedó desnudo y desamparado, si eso fuera posible en hombre de su talle. Sin Gutiérrez en escena, nadie parecía en condiciones de sacar el balón con criterio y superar la metódica presión del Valencia.
Van der Vaart, al que muchos señalan como relevo de Guti, se esmeró en otras labores, más propias del mediapunta que parece. Disparó cuando pudo y puso en apuros a Hildebrand, que es un portero de playa, quizá Miami Beach: es rubio y compone bellas figuras, ángeles y carpas, pero no atrapa un balón.
Fueron los vanes, Van der Vaart y Van Nistelrooy, los jugadores más incisivos del Madrid en la primera media hora, casos aislados. El atasco por bandas tampoco mejoraba la fluidez del juego: Robben intentaba zafarse por la izquierda sin demasiado éxito y Sergio Ramos apenas lo intentaba por la derecha, como si todavía le retumbaran en los tímpanos los gritos de Luis.
Fuente: as
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