Dice la sabiduría popular que en estadios como El Sardinero se ganan las Ligas, señalando que en campos semejantes, de clase media, se define el estilo y la suerte de los campeones. Debe ser cierto, porque es frente a rivales contra los que no existen afrentas históricas cuando se puede medir la capacidad de concentración de un aspirante. La experiencia (visual) nos dicta que es más sencillo vengar con una espada a dos generaciones de aficionados que convencer con palabras a un desconocido. Y estos choques son, en gran medida, dialécticos. En ausencia de un fútbol primoroso, cualidad infrecuente, el partido se decanta, después de mil encontronazos, por un gesto de imaginación o talento. Un argumento, en fin. Y trasladado el combate hasta ese último precipicio, ya no hay duda: gana el Madrid.
El Racing está en su derecho de quejarse de la mala fortuna, que la tuvo, y podrá señalar como excesivo el castigo y el marcador. Sin embargo su derrota se explica y se justifica en dos errores leves entre un centenar de aciertos medianos. Sólo eso, pero suficiente. Porque no basta con esquivar casi todas la balas de un tiroteo. Y en algo así se transforma el Madrid cuando estira el cuerpo y los brazos. Debes, entre otros nudos, atar a Guti, esposar a Higuaín y amordazar a Van Nistelrooy. Y el hilo que se pierde te descose el jersey.
El asunto es mucho más grave sin dinamita. Entonces más que pelea es resistencia. Y el Racing, conviene admitirlo, no dispone de más pólvora que Jonathan Pereira. El chico es un torbellino y desquició durante la primera mitad a los defensas del Madrid. No obstante, necesita un socio capitalista, un amigo con gol y con espaldas. Es así: hay jugadores nacidos para la soltería y otros para la pareja.
Pero ordenemos los acontecimientos. Antes del partido, Schuster sorprendió con la alineación de Rubén de la Red en lugar de Van der Vaart. La novedad añadía un centrocampista puro a cambio de un buen jugador por clasificar y que, precisamente por esa indefinición, ha rotado por varias posiciones sin echar raíces en ninguna. Algo parecido a lo que sucedía con Higuaín hasta que nos alcanzaron las flechas del amor.
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